Monday, February 12, 2007

Políticos, los nuevos amos

Los poderosos, distintos en cada etapa de la Historia, parecen pertenecer a una estirpe de dominadores que se transmiten unos a otros no sólo la filosofía de sojuzgamiento, la espada, el mazo, la bayoneta o la ametralladora, sino también una especie de «gen» que los impulsa a contemplar la sociedad desde arriba. Ahora, al iniciarse el tercer milenio, están encarnados en las democracias, adaptados a las nuevas reglas, ocupando, como siempre, las alturas del Estado y ejerciendo, desde el poder político, el sometimiento. Con esos depredadores han retornado las viejas doctrinas totalitarias y oligárquicas, camufladas también con envoltorios democráticos y destilando ese elitismo que tan bien exponen Strauss y Bloom y que sobresale en la influyente obra de James Burnham «The Machiavellians: Defenders of Freedom»

Haber permitido que los partidos políticos se transformaran en refugio de opresores y en maquinarias obsesionadas por el poder han sido dos errores terribles de los ciudadanos libres. Ese fallo en las defensas ha hecho posible que muchos depredadores se instalen como «nuevos amos» en el corazón de una democracia que previamente han corrompido mediante distintas estrategias

La rebelión de los hombres de bien, de los injustamente proscritos y de los seres libres puede todavía triunfar y alumbrar un mundo mejor, a pesar de que los enormes recursos y poderes de los depredadores los hacen parecer invencibles. Pero es necesario, primero, crear ciudadanos en masa, legiones de seres libres, dispuestos a asumir responsabilidades, a recuperar costumbres y valores democráticos olvidados, a debatir, discernir y plantarle cara a los gobiernos corruptos, a desprestigiar a los dominadores ilegítimos y a sustituirlos, finalmente, por estructuras de poder no profesionales, diseñadas para que florezca la ciudadanía y basadas en la autogestión y el autogobierno

Los partidos son la maquinaria de dominio más sofisticada y avanzada creada por el ser humano

Se comportan en el poder público democrático como lo hacían los antiguos señores ungidos. Se saben poderosos y blindados por las urnas, muchos de ellos amparados en la inviolabilidad y en la inmunidad, por ser cargos electos, y ejercen el poder sin complejos, sin tener en cuenta la eficiencia, con lujo y boato, con actitudes altivas y lejanas a esa humildad y austeridad que ennoblecen el liderazgo. Creen que el poder sin ostentación no es auténtico poder y justifican su lujo afirmando que el Estado y la representación del pueblo soberano deben brillar con la dignidad debida. Poseen un extenso y astuto elenco de argumentos para justificar cada gesto de poder, cada movimiento de gobierno. Se mueven acompañados siempre de una corte de asesores, amigos, colaboradores, periodistas, empresarios y gente influyente a la que siempre intentan impresionar. Olvidan que mandar es servir y actúan como pequeños emperadores de la democracia, como ridículos reyezuelos inmersos en privilegios y lujos que la historia hace tiempo que erradicó porque eran propios del «Antiguo Régimen», siempre rodeados de aduladores y de cortesanos. Son los nuevos amos, los que ostentan el poder político en las modernas sociedades democráticas, muchos de ellos sin ni siquiera creer en la democracia

No es cierta la sentencia, alimentada desde la política, que dice que «Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen». No es fácil encontrar un solo pueblo que sea peor que el gobierno que padece. La que sí es cada día más certera es la sentencia que dice que «La política es demasiado importante para dejarla en manos de los políticos»

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